La Bola de Pelo Viajera

Primer viaje de fin de curso

Como todos los viajes cuentan, también habrà que hablar de mi primer viaje de fin de curso.

A diferencia de la mayoría de escuelas, que generalmente llevaban a sus alumnos a Mallorca, con sol, playa y las primeras borracheras, sinó otras primeras experiencias... en mi escuela decidieron hacer un viaje por Europa.

Los países que visitamos fueron Suiza, Austria y un poquito de Alemania. Como la escuela no quería complicar el trajín del viaje con aeropuertos, equipajes y una manada de niños mas o menos descontrolados, optaron por la modalidad autocar. Así, una vez en el destino a visitar, nos podían llevar de cuidad en ciudad o de pueblo en pueblo sin tener que valerse de trenes u otros transportes públicos y ahorrar a los profesores incontables quebraderos de cabeza con los niños, las lenguas extrangeras y los horarios a cumplir.

De todos modos, ya fuese en autocar, en tren, en avión o en carricoche, lidiar con una panda de 30 niños de unos 12 años no debió de ser una tarea fácil y, aún hoy en día, me sorprende cómo los desafortunados profesores lograron sobrevivir a esa manada de Gremblins (mote cariñoso que nos atorgó uno de los profesores después del viaje) después de una semana entera.

De este viaje no recuerdo muchas cosas, incluso menos de las que consigo recordar sobre el viaje a Marruecos. Largos ratos mirando a través de la ventanilla del autocar, viendo pasar los increiblemente verdes prados que abundan en Austria y Suiza. Las bromas que les gastabamos a los compañeros que se quedaban dormidos durante el viaje, poniéndoles cosas por la nariz y sancando fotos embarazosas. Lo bonitas que eran las casitas de estilo alpino, con esas fachadas tan cuidadas, pintadas de colores brillantes, riveteadas de madera, con los balcones llenos de flores. La flores, las flores en Suiza eran increiblemente exhuberantes, tulipanes, margaritas, gladiolos, narcisos, pensamientos ...todas de colores vivos, formado dibujos en los parterres de los parques. Aunque todavía no tenía mucho ojo para las fotos, no podía parar de sacarles fotos. Recuerdo muy vivamente el horrendo olor de la fábrica de Gruyére que visitamos, aunque el queso resultaba muy sabroso. También recuerdo el brillante color del chocolate fundido para poder ser procesado en la fábrica de Nestlé que visitamos y las ganas que me daban de saltar en el gran recipiente que la contenía, para podérmela comer toda. Recuerdo el goulash y la crema de espárragos que nos sirvieron una noche en uno de los albergues en los que dormíamos. Debo admitir que sabe mejor el goulash de mis recuerdos que el que he conseguido probar recientemente. Recuerdo el color turquesa del rio Inn al pasar al lado de nuestro albergue en Innsbruck. Y recuerdo aquel castillo en Alemania, de nombre impronunciable, que un rey loco que se acabó suicidando en un lago cercano, mandó construir muy cerca de la frontera de Austria.

Si me esfuerzo en recordar, aún consigo sacárle alguna cosa más a mi memória, como la raclette que nos comímos la última noche en Suiza o la cantidad de tabletas de chocolate que compré en Ginebra como recuerdo para llevar a casa. Pero el tiempo ha conseguido borrar la mayoría de los recuerdos.

Las fotografías que hice durante este viaje, estuvieron casi 12 años enterradas en un cajón de mi habitación, en sus carretes, sin ser reveladas. No me acuerdo de cual fué la razón para tal demora, pero sí recuerdo que revisar esas imágenes, tomadas por ojos inexpertos, y ver de nuevo a todos mis amigos de infancia y a los profesores, me hizo sonrreir durante un buen rato. Incluso hoy en día me siguen haciendo sonreir cuando les vuelvo a echar un ojo movida por la nostálgia.


Lo que me resulta mas divertido, es que en aquellos días, ni me podía imaginar que iba a acabar viviendo en esa zona y que los fines de semana podría ir a pasear por los prados verdes que tanto me extasiaban o ver en la lejanía, desde mi moto, ese castillo de nombre impronunciable que un rey loco mandó construir unos siglos atrás.

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