La Bola de Pelo Viajera

Marruecos, el primero de todos

Marruecos fue el primero de los grandes viajes, y para el tamaño que yo tenía entonces, fue un viaje enorme.

El tiempo, por desgracia, ha borrado muchos de los recuerdos. Ni siquiera recuerdo con exactitud qué edad tenía, quizás 7 o puede que 8 años, pero eso ahora ya no tiene relevancia alguna. El tiempo también borró muchos de los recuerdos, pero curiosamente, otros recuerdos se quedaron grabados a fuego en mi mente e incluso hoy en día, reconozco ciertas imagenes en catálogos de turismo o revistas de viajes, hecho que me sorprende, me divierte y me alegra a la vez.

Para ser uno de los primeros viajes que hice, no estubo nada mal. Como cada año,empaquetamos todo el equipaje necesario (en aquellos momentos, los Pequeños Ponys formaban una parte vital en mi maleta), preparamos la “roulotte” y empezamos el camino, cruzando toda la Península Ibérica. Nos deteníamos en los pueblos o ciudades que tenían alguna cosa interesante por visitar, como castillos, murallas, catedrales o cascos antiguos bien preservados. Al ser niños, disfrutábamos mucho de esas visitas, ya que uno soñaba con ser un caballero andante y otra con ser una aventurera a lomos de su Pequeño Pony favorito.

Cuando terminamos con la tierra española, cruzamos hacia el magnífico Portugal, dónde continuamos haciendo visitas interesantes a lugares históricos. En Portugal tocamos por primera vez las aguas del océano Atlántico, mucho mas frías y feroces que las del Mediterráneo al que tan acostumbrados estábamos. También en Portugal experimentamos la primera “borrachera”, después de que nuestros padres nos dejaran dar algún sorbo en las catas de las bodegas de Oporto. Vimos como los bueyes arrastraban a la orilla los botes que volvían con la pesca del día,comimos pasteis de Belem y compramos gallos de cerámica tan típicos de ese país.

Pero Portugal no era el objetivo principal de ese viaje, así que seguimos recorriendo carreteras hasta llegar a Algeciras. Allí dejamos apracada la“roulotte” para las siguientes dos o tres semanas y emprendimos el resto del viaje sólo con el coche, un pobre Peugeot 505 que aguantó lo inimaginable hasta que nos volvió a dejar sanos y salvos en Barcelona al final de nuestro recorrido.

Mis primeros recuerdos de Marruecos són de un pequeño pueblo en una zona montañosa, dónde las pequeñas casitas blancas contrastaban con el color de la tierra. All legar al hotel, dónde mis padres habían hecho la reserva para la primera noche, nadie sabía nada de dicha reserva, así que tuvimos que buscar una pequeña pensión de la que yo sólo recuerdo el desagüe de la ducha en el que un par de cucarachas mantenían una tranquíla conversación.

Marruecos era muy caluroso, el aire acondicionado del coche había muerto en Portugal y viajábamos siempre con las ventanas lo más abiertas posible. El polvo de las carreteras entraba por todas partes, mezclándose con la música de Leonard Cohen, que sonaba casi en todo momento. Aún hoy, cuando escucho una canción de este cantante, el viaje a Marruecos se revive a base de flashes en mi mente. Desafortunadamente, ni Leonard Cohen ni el aire que entraba por las ventanas, conseguían aliviar ese calor tan tremendo al que no estabamos acostumbrados. Pero el paisaje que corría a los lados de la carretera nos hacía mas llevadero el calor. En innumerables tiendecitas en los margenes de las carreteras y caminos del Atlas vendían todo tipo de fósiles, geodas y ágatas a los turistas que se quisieran parar a comprar un suvenir. Los habitantes de la zona cuidaban rebaños de cabras, que a veces cruzaban la carretera deteniendo nuestra marcha, y se veían niños montados a lomos de borricos que iban cargados de leña u otros fardos. Y a pesar de que los borricos no eran rosas como my Pequeño Pony, a mi me tenían fascinada.

Cuando llegamos a Marrakech, los recepcionistas del hotel esta vez sí se acordaron de nuestra reserva, así que nos llevamos el equipage a las habitaciones y salimos a descubrir la ciudad. Marrakech era un estímulo contínuo de colores, olores, ruidos y movimiento. Quizás era un sobredosis para nuestros inexpertos sentidos, pero algunos de los olores han permanecido en la memória hasta día de hoy, como el cuero curtido, y los nuevos sabores eran todo un mundo. Incluso un simple zumo de naranja recién exprimido sabía distinto. Desafortunadamente, nuestros inestinos también sufrieron nuevos estímulos, que no eran tan buenos como los olores o los sabores y, desde luego, mucho mas intensos; pero, no dicen que lo que no te mata te hace mas fuerte??

El Zoco de Marrakech era como un laberinto, lleno de tiendecitas, con millones de cosas con formas extrañas y colores intensos. El propietario de una tienda de alfombras, en la que mis padres compraron varias de ellas, se hacía el simpático diciendo que me quería cambiar por dos alfombras. Mis padres le siguieron la corriente con la broma y yo, que era demasiado pequeña para darme cuenta de  lo que pasaba, me puse a llorar desconsoladamente, pensando que no volvería a ver a mi familia y que iba a vivir rodeada de extraños el resto de mi vida. Pero una buena cena arregló el disgusto y una pulserita de las que vendían las niñas en la plaza Jema el Fna acabó de convencerme de que iba a continuar el viaje con mi familia.

Al ir acercándonos al desierto, las carreteras se convertían en largas cintas de asfalto que recorrían paisajes secos y desolados en los que parecía que no habitara ni una alma. Aún y así, cuando deteniamos el cohce para hacer un descanso, de repente aparecía un hombre o un chico con alguna cosa para vender: fósiles,dátiles o frutas… y nostros nos quedabamos parados, perplejos, con una mirada estúpida en la cara, buscando la piedra debajo de la que habían salido esas personas. Parecía que en Marruecos la gente viviera debajo de las piedras.

Ell ugar más al sur dónde llegamos, era una pequeña aldea con la mayoría de sus casas hechas de adobe. Pero, paradógicamente, el hotel en que nos hospedamos era el mas lujoso de todo el viaje. Era una inmensa mole en medio de la nada,con una piscina increíble que tenía cascadas e incluso un perqueño bar en el centro, en el que uno se podía sentar a tomar su cóctel preferido. Pero por suerte, la civilización occidental no salía más allá de las puertas del hotel y todo en aquel pequeño pueblo era originalmente genuino.

Mis recuerdos de este viaje no abarcan mucho mas. De algún modo, todo el viaje de vuelta quedó mezclado en la memória con el de ida. Aún y así, eso no impide que a veces hurgue en mi memória esos pequeños pedazos de recuerdos y pueda componer en mi mente el cuadreno de bitácora del que fué mi primer gran viaje y, por suerte, no el último.

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